Lo que aún no entendemos de los adultos mayores

Bienestar Integral


Las burlas hacia las personas mayores son apenas la parte visible de un problema más profundo. Los prejuicios relacionados con la edad pueden afectar su autonomía, salud y participación social, pero también revelan qué tan poco hemos preparado nuestras instituciones y comunidades para una sociedad que envejece.

Magdalena Macías

Adultos mayores, un gran tema. La mitad de la población mundial mantiene actitudes discriminatorias hacia las personas mayores por razones relacionadas con la edad, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS). La cifra permite dimensionar un problema que muchas veces pasa inadvertido porque no siempre se manifiesta mediante un insulto abierto: también aparece en bromas, estereotipos, decisiones tomadas en nombre de otra persona o en la idea de que cumplir años significa necesariamente perder capacidades, autonomía o valor social.

Hace unos días, una polémica en México volvió a poner el tema sobre la mesa. Dos legisladoras del partido oficial realizaron comentarios despectivos y burlas relacionadas con hombres mayores durante una conversación difundida públicamente. Las expresiones provocaron críticas y derivaron en la suspensión cautelar de sus derechos partidistas mientras se desarrolla un procedimiento interno. Más allá de la controversia política, el episodio resulta útil para plantear una pregunta mucho más importante: ¿qué tanto conocemos realmente a las personas mayores y el mundo en el que viven?

La vejez que imaginamos no siempre existe

Durante décadas hemos construido una representación de la vejez asociada casi exclusivamente con enfermedad, deterioro, dependencia y pérdida. Basta observar algunas campañas publicitarias, programas sociales e incluso conversaciones familiares para encontrar una imagen recurrente: una persona frágil, pasiva, desconectada de la tecnología y necesitada permanentemente de ayuda.

Frente a esos estereotipos, la evidencia muestra una realidad considerablemente más diversa. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que presentar a las personas mayores como receptoras pasivas de servicios sociales o sanitarios constituye un mito. Muchas conservan su independencia, participan en la vida familiar y comunitaria, trabajan, emprenden, utilizan tecnología, viajan, estudian, cuidan a otras personas y toman decisiones sobre su patrimonio y su futuro.

Naturalmente, envejecer también puede traer cambios en la movilidad, la capacidad física, la audición, la visión o la salud. Algunas personas necesitarán apoyos importantes, mientras otras conservarán un alto grado de independencia durante muchos años. Precisamente por esa diversidad resulta equivocado hablar de los adultos mayores como si todos compartieran las mismas condiciones y necesidades.

Cumplir 60, 70, 80 o más años proporciona un dato cronológico, pero no explica por sí solo quién es una persona, qué puede hacer, qué necesita ni cómo quiere vivir. Comprender esa diferencia representa uno de los primeros pasos para abandonar una mirada de la vejez construida únicamente alrededor de las pérdidas.

Cuando una broma revela algo más profundo

Con frecuencia, las expresiones despectivas sobre la apariencia, el cuerpo, la memoria o la sexualidad de las personas mayores se justifican como bromas. El problema aparece cuando detrás del humor se reproduce la idea de que envejecer vuelve a alguien menos atractivo, menos competente, menos relevante o, sencillamente, menos digno de ser tomado en serio.

Para describir estos estereotipos, prejuicios y conductas discriminatorias relacionadas con la edad, la OMS utiliza el término técnico “edadismo”. Más importante que aprender la palabra es reconocer las situaciones en las que ocurre, porque muchas forman parte de nuestra vida cotidiana y pueden presentarse incluso cuando creemos estar ayudando.

Sucede, por ejemplo, cuando una familia decide qué debe hacer una persona mayor sin consultarla, cuando alguien habla con su acompañante en lugar de dirigirse directamente a ella o cuando asumimos que no podrá utilizar una aplicación digital. Algo parecido ocurre al descartar una opinión simplemente porque pertenece a otra generación o considerar que determinadas actividades “ya no son para su edad”.

Pensemos en una persona que necesita ayuda para desplazarse, pero conserva intacta su capacidad para administrar sus finanzas. Otra puede tener dificultades auditivas y continuar dirigiendo un negocio, mientras alguien más requiere apoyo para determinadas actividades físicas y mantiene una intensa vida intelectual, afectiva o social. Reconocer esas diferencias permite acompañar las necesidades reales sin convertir automáticamente la ayuda en sustitución de la autonomía.

El problema también está en las instituciones

Más preocupante resulta que los prejuicios aparezcan entre quienes desempeñan responsabilidades públicas. No porque un funcionario tenga prohibido equivocarse, sino porque quienes legislan, gobiernan o diseñan programas participan en la creación de las condiciones bajo las cuales millones de personas vivirán su vejez.

Desde una perspectiva de derechos humanos, la OPS ha advertido sobre las consecuencias de considerar a las personas mayores incapaces o imponer una visión uniforme sobre sus necesidades e intereses. Los estereotipos relacionados con la edad pueden terminar influyendo en la atención sanitaria, los servicios públicos, las oportunidades de participación y las decisiones que otras personas toman en su nombre.

Por esa razón, la sensibilidad hacia el envejecimiento no debería reducirse a conocer el monto de una pensión o promover un programa social. Comprender a las personas mayores implica reconocer los desafíos cotidianos que enfrentan para desplazarse por una ciudad, acceder oportunamente a servicios de salud, conservar ingresos suficientes, realizar trámites, utilizar servicios bancarios digitales, mantener vínculos sociales o continuar viviendo de manera independiente.

Cuando una política pública se diseña sin esa comprensión, existe el riesgo de hablar mucho sobre los adultos mayores y escuchar muy poco a los propios adultos mayores. Incorporarlos a las conversaciones donde se toman decisiones que afectan su vida resulta tan importante como crear programas destinados a atenderlos.

Ciudades y servicios que tampoco comprenden la vejez

No toda discriminación adopta la forma de un comentario ofensivo. Algunas veces aparece como una escalera sin alternativa accesible, una banqueta imposible de transitar, un trámite disponible únicamente mediante una aplicación complicada o un servicio en el que nadie considera que una persona pueda necesitar más tiempo para leer una pantalla o comprender determinadas instrucciones.

Pensemos también en bancos que reducen progresivamente la atención presencial, servicios que migran completamente a plataformas digitales, códigos QR que sustituyen documentos impresos, sistemas telefónicos automatizados interminables o instrucciones escritas con tipografías diminutas. Ninguna de esas herramientas fue necesariamente creada para excluir, pero puede hacerlo cuando su diseño supone que todos los usuarios poseen las mismas habilidades visuales, auditivas, físicas o digitales.

Ante una población que envejece, crear entornos adecuados no significa rechazar la tecnología ni construir un mundo separado para las personas mayores. Significa ofrecer alternativas, diseñar servicios accesibles y reconocer que las soluciones pensadas para facilitar la vida de quienes enfrentan alguna limitación suelen beneficiar también a muchas otras personas, independientemente de su edad.

Acompañar no significa decidir por ellos

Dentro de las propias familias, algunos prejuicios pueden ser especialmente difíciles de identificar porque suelen estar acompañados de una intención genuina de proteger. Evitar que papá conduzca, administrar el dinero de mamá, decidir quién puede visitarlos, organizar sus actividades o resolver un trámite sin explicarles demasiado puede parecer más seguro, práctico y rápido.

En determinadas circunstancias, esas decisiones pueden ser necesarias, particularmente cuando existe deterioro cognitivo o alguna condición que compromete la seguridad. Fuera de esos casos, ayudar debería comenzar preguntando qué necesita la persona, qué desea conservar por sí misma y cómo quiere recibir ese apoyo.

Preservar la autonomía durante el mayor tiempo posible constituye uno de los principios centrales del envejecimiento saludable. La OPS entiende este proceso como el desarrollo y mantenimiento de las capacidades que permiten el bienestar durante la vejez, una perspectiva que obliga a mirar mucho más allá de la ausencia de enfermedades.

Desde esa óptica, acompañar significa proporcionar apoyo cuando resulta necesario sin retirar anticipadamente capacidades, responsabilidades o decisiones que la persona todavía puede ejercer. Para alguien que comienza a sentir que otras personas intervienen cada vez más en su vida cotidiana, esa diferencia puede determinar buena parte de su independencia y calidad de vida.

México necesita aprender a envejecer

Hacia 2030, una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más, de acuerdo con las proyecciones de la OMS. El cambio demográfico obliga a pensar el envejecimiento no solamente como un asunto sanitario, sino también como un desafío económico, urbano, familiar, tecnológico y social.

Precisamente por ello, la Década del Envejecimiento Saludable 2021–2030 de Naciones Unidas plantea la construcción de una sociedad para todas las edades. Entre sus grandes áreas de acción se encuentra cambiar la manera en que pensamos, sentimos y actuamos frente a la edad y el envejecimiento, además de crear comunidades que desarrollen las capacidades de las personas mayores y servicios capaces de responder a sus necesidades.

Ese cambio necesita ocurrir también entre quienes toman decisiones públicas, las empresas, los servicios de salud, los medios de comunicación y las propias familias. Reconocer que la población está envejeciendo constituye apenas el primer paso; el verdadero desafío consiste en preguntarnos si las ciudades, instituciones y servicios que estamos construyendo se encuentran preparados para esa transformación.

Dentro de unos días, probablemente la polémica que motivó esta reflexión habrá desaparecido de la conversación pública, desplazada por alguna otra controversia. Sería conveniente que permaneciera, en cambio, la pregunta que dejó sobre la mesa: cuánto conocemos realmente sobre la experiencia de envejecer y cuánto de lo que creemos saber todavía proviene de estereotipos y prejuicios.

Comprender mejor a las personas mayores exige escucharlas, respetar sus decisiones, reconocer sus diferencias y crear condiciones para que puedan conservar su independencia durante el mayor tiempo posible. Hacerlo no constituye una concesión hacia una generación distinta a la nuestra, sino una manera de construir la sociedad en la que, con suerte, también nosotros tendremos algún día la oportunidad de envejecer.

RECUADRO

Solo para recordar

  • Los prejuicios relacionados con la edad pueden aparecer en bromas, decisiones familiares, instituciones y servicios.
  • Tener más años no significa automáticamente perder autonomía o capacidad para tomar decisiones.
  • Las personas mayores constituyen una población diversa, con condiciones físicas, económicas, familiares y sociales muy diferentes.
  • Ayudar no debería significar sustituir innecesariamente las decisiones de una persona mayor.
  • Una sociedad preparada para envejecer necesita servicios, ciudades, tecnología y políticas públicas que consideren las capacidades y necesidades de todas las edades.

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