Envejecer con dignidad, los otros 364 días
Columna Años con Salud
Cada 28 de agosto México reconoce a las personas adultas mayores. Más allá de homenajes y felicitaciones, el verdadero desafío está en respetar su autonomía, combatir el edadismo y entender que no existe una sola manera de envejecer.
Jorge Arturo Castillo
¿Qué significa el Día del Adulto Mayor en México? Cada 28 de agosto ocurre algo curioso en México. Las personas adultas mayores reciben felicitaciones, reconocimientos, actividades especiales y mensajes que hablan de experiencia, sabiduría y gratitud. Todo ello tiene valor, pero quizá la mejor manera de conmemorar el Día Nacional de las Personas Adultas Mayores sea hacernos una pregunta bastante más incómoda: ¿cómo las tratamos durante los otros 364 días del año?
La pregunta cobra importancia en un país que envejece rápidamente. De acuerdo con las proyecciones del Consejo Nacional de Población (Conapo), en 2025 vivían en México alrededor de 17.1 millones de personas de 60 años o más, equivalentes a 12.8% de la población. Para 2030 serán aproximadamente 20.6 millones. Ya hemos hablado en este espacio de lo que semejante transformación significa para el sistema de salud y los cuidados; esta vez conviene detenernos en algo menos visible, pero igualmente importante: nuestra manera de mirar la vejez.
Pensemos en dos personas que acaban de cumplir 70 años. Una continúa trabajando, conduce su automóvil, utiliza aplicaciones bancarias, viaja y decide perfectamente qué quiere hacer con su vida. La otra enfrenta problemas de movilidad, requiere varios medicamentos y necesita ayuda para algunas actividades cotidianas. Ambas tienen exactamente la misma edad y, sin embargo, viven circunstancias completamente diferentes. La fecha de nacimiento dice mucho menos sobre una persona de lo que solemos imaginar.
No existe una sola manera de envejecer
Durante años hemos construido una imagen casi uniforme de la vejez. Al cumplir cierta edad parecería que alguien cruza una frontera invisible y automáticamente comienza a necesitar ayuda, pierde determinadas capacidades o debería retirarse de actividades que hasta entonces realizaba con normalidad. Los datos muestran una realidad bastante distinta.
La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) del INEGI estimó que en 2022 había alrededor de 17 millones de personas de 60 años y más sin discapacidad o dependencia. Esto no significa ignorar que conforme avanza la edad pueden aumentar algunas necesidades de apoyo, sino reconocer que envejecer y perder autonomía no son sinónimos.
Resulta fácil comprobarlo en la vida cotidiana. Basta mirar una reunión familiar para encontrar personas de 65 o 70 años que siguen sosteniendo económicamente un hogar, cuidan nietos, administran negocios, trabajan, estudian o ayudan a hijos que hace tiempo dejaron de ser jóvenes. Al mismo tiempo, alguien de la misma edad puede necesitar acompañamiento permanente. Tratar a ambos de manera idéntica únicamente porque pertenecen al mismo grupo etario sería tan absurdo como asumir que todas las personas de 30 años tienen las mismas capacidades, necesidades y proyectos.
Ahí aparece una palabra que escucharemos cada vez con mayor frecuencia: edadismo. Se refiere a estereotipos, prejuicios y discriminación relacionados con la edad y puede manifestarse de maneras tan cotidianas que algunas veces ni siquiera las advertimos.
Cuando alguien empieza a decidir por nosotros
Imaginemos una consulta médica. Una persona mayor entra acompañada por su hija y, después del saludo, el médico comienza a preguntarle a ella qué molestias tiene su padre, qué medicamentos toma o desde cuándo aparecieron los síntomas. El paciente permanece sentado enfrente, escucha la conversación y podría responder perfectamente, pero poco a poco se convierte en espectador de una consulta que debería girar alrededor suyo.
Algo semejante ocurre cuando un familiar decide que mamá ya no debe manejar su dinero, alguien responde por el abuelo antes de darle oportunidad de hablar o suponemos que una persona no entenderá un teléfono celular simplemente porque tiene 75 años. Muchas de esas conductas nacen incluso del cariño y del deseo de proteger, pero proteger no debería significar sustituir innecesariamente la voluntad de alguien.
Los datos permiten dimensionar el problema. La Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) 2022 encontró que alrededor de 18% de las personas de 60 años o más manifestó haber sufrido discriminación durante los 12 meses anteriores. Entre quienes identificaron algún motivo, cerca de cuatro de cada diez señalaron precisamente su edad.
El edadismo también puede esconderse detrás de expresiones aparentemente afectuosas. Hablar de “abuelitos” para referirse indiscriminadamente a millones de personas mayores quizá suene cariñoso, pero no todas tienen nietos ni desean ser definidas por ese papel. Mucho menos ayuda utilizar diminutivos, hablarles como si fueran niños o asumir que necesitan que alguien más tome decisiones en su nombre.
Cumplir años no significa dejar de tener proyectos
Existe otro prejuicio particularmente arraigado: pensar que después de cierta edad la vida debería reducirse a descansar, cuidar nietos y esperar tranquilamente el paso del tiempo. La realidad vuelve a ser mucho más rica. Hay personas que después de los 60 comienzan relaciones sentimentales, emprenden negocios, regresan a estudiar, aprenden idiomas, descubren la tecnología, hacen ejercicio, viajan o encuentran actividades que durante décadas habían postergado.
También existen quienes enfrentan enfermedad, soledad, dificultades económicas o dependencia, y necesitan una red sólida de apoyo. Reconocer esa vulnerabilidad es indispensable; convertirla en la definición de toda la vejez, en cambio, termina borrando a millones de personas que continúan tomando decisiones y construyendo proyectos.
Quizá el cambio cultural que necesitamos empiece precisamente ahí. En lugar de preguntarnos qué puede hacer todavía una persona mayor, podríamos comenzar preguntándole qué quiere hacer. Parece una diferencia pequeña, pero entre ambas preguntas cabe algo enorme: la autonomía.
Una celebración que dure todo el año
Conmemorar el 28 de agosto tiene sentido si la fecha nos ayuda a mirar asuntos que durante el resto del año pasan inadvertidos. México necesitará mejores servicios de salud, pensiones suficientes, ciudades accesibles, transporte adecuado y una red de cuidados capaz de responder al crecimiento de la población mayor. Junto con esas transformaciones materiales tendremos que realizar otra que no depende necesariamente de grandes presupuestos: aprender a mirar la edad de una manera diferente.
Eso significa respetar decisiones mientras exista capacidad para tomarlas, escuchar antes de asumir, ofrecer ayuda sin imponerla y comprender que necesitar apoyo en determinada actividad no elimina automáticamente la autonomía en todas las demás. También implica dejar de medir el valor de una persona exclusivamente por su productividad o por la velocidad con la que puede hacer aquello que antes realizaba.
Dentro de algunos años, muchos de quienes hoy hablamos sobre “los adultos mayores” descubriremos que la expresión comienza a incluirnos. Tal vez entonces entendamos mejor por qué la dignidad no consiste solamente en recibir atención médica, una pensión o un asiento preferente, sino también en conservar algo mucho más elemental: el derecho a seguir siendo uno mismo.
El Día Nacional de las Personas Adultas Mayores dura apenas 24 horas. El respeto, la autonomía y el reconocimiento deberían acompañar los otros 364 días, porque envejecer no es una rareza que les sucede a los demás. Si tenemos la fortuna de vivir suficiente tiempo, será también parte de nuestra propia historia.
Solo para recordar
Cumplir años puede modificar nuestras necesidades, pero no cancela automáticamente nuestra capacidad para decidir. Antes de hacer algo por una persona mayor, quizá convenga comenzar con una pregunta sencilla: ¿quieres que te ayude? A veces, respetar la autonomía empieza precisamente por esperar la respuesta.

