Triunfar y tener éxito al llegar con salud a la tercera edad

Columna Mirada Humana

Lo que he aprendido sobre el éxito y el triunfo a lo largo de una vida

Con los años, la idea del éxito cambia. Carlos Vargas H. reflexiona sobre la salud, la familia, los afectos y el propósito como parte de aquello que realmente significa triunfar al llegar a la tercera edad.

Carlos Vargas Hernández

Triunfar en la tercera edad. Ahora que se me invitó a participar como colaborador en Salud Adulto Mayor, pensé que podía aprovechar este espacio para hablar de algo que desde hace muchos años ha ocupado un lugar importante en mi vida: qué significa realmente triunfar y tener éxito cuando llegamos a la tercera edad.

La pregunta no es nueva para mí.

En 1986, cuando tenía 36 años, entrevistamos para un libro a 24 personas de diferentes sectores de la sociedad. Varias de ellas tenían más de 50 y algunas hasta 80 años. Aquellas conversaciones me llevaron a una conclusión que entonces me pareció clara: triunfar tiene que ver con lograr los propósitos personales que cada uno se ha planteado.

Esa reflexión fortaleció el rumbo de nuestro libro Triunfar es algo muy divertido.

Han pasado muchos años desde entonces y, como suele suceder con las ideas importantes, la vida se ha encargado de modificarlas.

Una de las experiencias que más transformó mi manera de entender el éxito y el triunfo fue la relación cercana que tuve con mis padres durante sus últimos años.

Todas las tardes iba a su casa para platicar con ellos. No iba solamente a acompañarlos. Aprovechaba esas conversaciones para preguntarles acerca de sus vidas antes de ser padres, de sus familias, de las circunstancias que los habían formado y de las decisiones que habían tomado a lo largo de los años.

Con el tiempo comprendí el enorme valor de esas conversaciones.

Me permitieron conocer historias que de otra manera quizá se habrían perdido y reunir información suficiente para escribir sobre sus vidas como una manera de honrarlos. Mi madre llegó a los 89 años y mi padre a los 95. Ellos, además, habían compartido 68 años de matrimonio.

Al escucharlos, descubrí que una vida no puede medirse solamente por los logros que aparecen en un currículum, por los bienes acumulados o por los proyectos profesionales realizados. Hay otros activos, menos visibles, que adquieren un valor enorme con el paso de los años: la salud, la familia, las relaciones, la vida espiritual, la vida social, la cultura, los aprendizajes y, sobre todo, la manera en que cada persona ha decidido conducirse frente a los demás.

Con los años aprendí que algunos de los activos más valiosos de una vida no aparecen en un currículum.

De mis padres me quedó también otra enseñanza: la vida se resume, en buena medida, en asumir responsabilidad por lo que a cada uno le corresponde y conducirse con un sentido de humanismo auténtico.

Quizá por eso hoy veo de otra manera aquella conclusión a la que llegué en 1986.

A los 36 años pensaba que triunfar consistía principalmente en alcanzar nuestros propósitos. Hoy entiendo que esa definición es importante, pero incompleta. También importa qué hacemos con la vida que construimos, con quién la compartimos y qué permanece cuando algunos de nuestros objetivos ya fueron alcanzados.

Creo que ahí aparece una diferencia fundamental entre éxito y triunfo.

El éxito puede estar relacionado con las metas alcanzadas, la trayectoria profesional, los proyectos realizados o la estabilidad económica. El triunfo, en cambio, tiene que ver con la posibilidad de llegar a una etapa avanzada de la vida conservando salud, vínculos significativos, autonomía, propósito y paz interior.

No significa que todos tengamos que llegar de la misma manera. Cada persona tiene su propia historia, sus circunstancias y sus prioridades. Pero sí creo que vale la pena preguntarnos, mientras todavía tenemos tiempo para hacerlo: ¿qué estoy construyendo hoy que quisiera conservar mañana?

El Harvard Study of Adult Development es un estudio longitudinal que ha seguido durante décadas a distintos grupos de personas para identificar factores relacionados con el envejecimiento saludable. Entre sus líneas de investigación se encuentran la calidad de las relaciones íntimas en la vida tardía y la relación entre los vínculos personales, la salud y el bienestar.

Esta perspectiva coincide con algo que yo aprendí en mi propia vida: difícilmente podemos hablar de una vida plena si dejamos fuera a las personas con quienes la hemos compartido.

Hoy estoy escribiendo las memorias de mis padres. Comienzan con el momento en que se conocieron y llegan hasta el último minuto de sus vidas, momento en que tuve la oportunidad de acompañarlos.

Al hacerlo, comprendo que esas historias no hablan solamente de ellos. También hablan de mí y de lo que aprendí al escucharlos.

Por eso, cuando pienso ahora en la tercera edad, ya no la veo únicamente como una etapa de la vida. La veo también como una especie de balance.

No un balance perfecto, ni necesariamente lleno de éxitos, sino una oportunidad para mirar lo vivido y preguntarnos qué construimos, qué cuidamos, a quiénes acompañamos y qué significado tuvo todo aquello.

Quizá el verdadero triunfo consista en poder mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con propósito.

Y si algo he aprendido después de tantos años es que nunca es demasiado pronto —ni necesariamente demasiado tarde— para comenzar a construir los activos que algún día harán que nuestra vida tenga verdadero valor.

Porque tener éxito puede ser alcanzar lo que nos propusimos.

Pero triunfar, quizá, sea algo más profundo: llegar a la tercera edad con salud, con personas a quienes amar y que nos amen, con historias que contar y con la tranquilidad de saber que la vida que construimos tuvo un propósito.

Querido lector, queda una pregunta para todos:

¿Qué estamos construyendo hoy que algún día agradeceremos haber cuidado?

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